“-Estaba recordando como empecé. ¿No preguntaste eso?

-Yo hablaba siempre de ese día, pero no me decidía nunca. La verdad es que jamás pensé que llegase realmente.
Ni siquiera lo tomé en serio el día que empecé a andar. Mi intención en el fondo fue hacer la comedia.

-¿Para quién?

-Para mí mismo. Te debe haber pasado.

-Yo di un portazo y le grité a la vieja que iba hasta el Club, pero pasé por delante del Club, el Sportivo Victoria, y seguí...
como si tal cosa.

-Ahí lo tienes. A cada rato me decía “esto se acaba ahora mismo”, pero notaba cada vez, que lo decía otro, o por lo menos...
que había en mí uno que lo decía y otro que seguía pateando en medio de toda esa miseria.

-Entonces di con el Camino. Y encontré otros tipos que iban y venían como yo. Iban, no importa la dirección.

-Y te diste cuenta que los pies se te pegan a él, que no sólo es un lugar de tránsito, sino una forma de vida, y entonces...
ya no se puede parar”.

(Diálogo entre Oreste y el Príncipe Patagón en “Máscaró, un cuento americano”, de HaroldoConti)

Tomás Astelarra es periodista, escritor, músico, arte-sano, economista y chamuyero profesional. Ha trabajado para gobiernos y onegés, universidades y grandes grupos económicos. En el 2002 decidió lanzarse al Camino para recorrer Sudamérica junto a un grupo de amigos. Fundó en La Paz la agrupación de arte itinerante Domingo Quispe Ensamble con la que se presentó en centros culturales, festivales, peluquerías, plazas de mercado y almorzaderos. Trabajó en organizaciones barriales, radios comunitarias, comunidades indígenas y desplazadas. Participó del Tribunal Permanente de los Pueblos en Colombia. Entrevistó a Evo Morales, Hebe de Bonafini, León Gieco, Tomás Moulián, Gustavo Petro, Edgard Páez, Jotamario Arbeláez, el Culebrón Timbal y el Teatro de los Andes. Fue corresponsal para Rolling Stone, Hecho en Buenos Aires, Sudestada, Al Margen y otros medios. Andanzasenabarcas es un racconto de su vagabundaje sudakamericano, pero sobre todo un ensayo político sobre esa tribu de locos caminantes que patean el continente sin importar la dirección.

Pueden ver otros libros o ediciones del autor, noticias y fechas de presentaciones en el blog de Ediciones Ronateras
Y sus artículos periodísticos en: astelarra.blogspot.com
O escribirle a: tastelarra@gmail.com





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PRESENTACION


Domingo Quispe Ensamble
presenta
Andanzasenabarcas
(de Tomás Astelarra)
Sábado 15 de octubre 18hs
Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi) ex ESMA
Avenida del Libertador 8465


“Me dijeron que el desarrollo a todo este mundo iba a alimentar
Que toda esa noble ciencia todos los males iba a curar.
Me dijeron mal. Y ahora yo me pregunto quien los va a perdonar.

Con la sangre de las minas del Potosí financiaron su revolución industrial,
sus fastuosas mansiones, sus viajes al mundo, sus máquinasarmas con ordenador.
Sus rubias modelos, su música étnica, los organismos de cooperación.
Ellos dicen que son la verdad, ellos dicen ser la solución,
yo digo que son los monstruos de la razón.

Matan sindicalistas, matan presidentes, indios, campesinos, artistas y negros,
matan utopías, queman ilusiones, y hasta la pachamama van a asesinar.
Yo solito aquí con esta canción, les pido que suiciden su civilización.”
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Ellos los dueños de este bendito descalabro mundial
(de cómo los sueños de la razón generaron los monstruos
de este sangrante presente globalizado)
Bossa nova de Astor Alas
Legajo número 132 (anexo) de la carpeta de Domingo Quispe
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Nosotros los escogidos de este tiempo,
que nacimos para pagar esos verdes paquetes con valor.
Y cuando se nace se tiene que pagar
para bautizarse, educarse, comer, dormir, curarse, morir,
y aun para ser bendecido se tiene que pagar.

Señores grandes nos deben mucho pero nada les cobramos.
Solo les pedimos por su bien, piensen como humanos.
Y que la tierra hecha hombre, el hombre hecho pensamiento,
vivan como manda la naturaleza
y todos juntos construyamos de esta tierra una sola patria,
la patria de la humanidad”
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Reflejo de Reflexión
Carnavalito de Rijchary
Legajo número 97 (anexo) de la carpeta de Domingo Quispe

Don Lucho

Lo conocimos en Copacabana, en el camino que conduce a los altares que construyeron los conquistadores españoles fundiendo el oro de todas las artesanías incas que pudieron rescatar del lago Titicaca.
(Anticipándose en siglos al saqueo de aquel viejito documentalista y sus submarinos franceses; o quizás, imitando a los propios incas, que construyeron su cultura fundiendo la de otros pueblos precolombinos).
Ahí lo vimos por primera vez, en la inmensidad de aquel patio de macizos adoquines, a metros de la virgen que talló a imagen y semejanza el indio Tito Yupanqui por orden de los dominicos, a solo un par de kilómetros de la virgen negra de Kupina.
(“De España nos llegó cristo pero también el patrón, el patrón igual que a cristo, al negro crucificó”, cantan sambalando, un poquito más allá, las mestizas negritudes del Perú).
Ahí, precisamente ahí, entremedio de ese arroz con mango que es la cultura religiosa latinoamericana, un ir y venir de vendedores ambulantes, fantasmas de damas coloniales, gringos armados con cámaras digitales y señores sacerdotes bautizando (chayando cual adoradores de la pachamama) camionetas cuatroporcuatro contra los malos augurios (por cien o cientoveinte bolivianos con agua bendita, champain y papel picado incluido). Entremedio de, definitivamente entrometido en, todo aquel descalabro, Don Lucho tocaba wainos desafinados en una diagonal non docta (deliberada afrenta a la conquistadora música de salones y conservatorios) con una sensibilidad de esas que levantan lluvias de aplausos en las grandes salas de la uorlmiusik.
Precisamente ahí, en el cruce (cruz) de civilizaciones que enmarca este sangrante presente globalizado que poco a poco fueron construyendo aquellos europeos con la fuerza de sus industrialmente revolucionarias máquinas (armas) financiadas con el oro del Potosí.
Precisamente él, el fantasma de ese descalabro (sangrante presente), ahí empotrado en una de las tantas filas de indígenas indigentes de uno de los países estadísticamente más pobres del mundo (a pesar del oro del Potosí, el estanio de los Yungas, el gas de Tarija y todos sus saberes ancestrales).
Al margen (marginado) de la historia de todo ese mestizaje (fundido), Don Lucho tejía un ruidito de ultratumba con un arco sin mucho pez que, paciente de limosnas, arañaba un violín desquebrajado y seco como el suelo de su altiplano natal.

Tocaba como si nunca se hubiera enterado de todo aquel ir y venir de máquinasarmas, altares y fundidos, vírgenes y señores, camionetas y cámaras digitales cuatroporcuatro, salones, documentalistas y aquel músicoproductor con su sello del primer mundo rescatando viejitos músicos en desgracia para el bien de la cultura occidental.
Y apenas podía uno imaginarse semejante arrebato en una figura tan frágil. Fragilidad no de un momento antes de romperse, sino más bien de la milésima de segundo antes de que todo comience a descomponerse. Esa fragilidad que cargan las ancianas mamitas que duermen en posición de buda en los mercados. O aquellos papachos, como Don Lucho, que pululan espectralmente por las urbanidades bolivianas con su mano extendida (manan kanchu colque).
Como si al envejecer, ellas, ellos, que siempre han estado tan ligadas (os) a su venerada pachamama, pudieran detenerse, con esa parsimonia que los caracteriza, en ese instante antes de la muerte. Figuras que ya casi dejaron de ser carne y hueso para volverse arcilla.

(“Desde lejos, desde aquellos horizontes que se escapan, hoy regreso a tu infinito, pachamama”, canta Sulma Yugar)

De aquel estado tan particular surgía el murmullo aymara de aquel papacho de rasgos apretados, ojos casi cuenca, gorro de trabajador de puerto jubilado, chaleco deshilachado y un cartel de cartón arrugado y mal cortado con la palabra “ciego” aferrada con un alfiler de gancho.
No pudiendo escapar a la dulzura de su imagen, su música, y la posibilidad de un nuevo encuentro con otras realidades del Camino, en medio (entremedio, entrometidos) de aquel descalabrado patio de la iglesia de Copacabana (sin perder de vista la apacible tarde de cielos abiertos que bendecía el lago Titicaca), nos presentamos con un ruido de monedas y un saludo.
María compartió melodías y afinó aquel violín chapaco comprado en Perú. Le mostró el suyo (chino comprado en Colombia). Charlamos un rato en su castellano desgarrado y lento, siempre curioso. Trabamos amistad en el par de semanas que permanecimos en Copacabana, entremedio de ese errante ir y venir de la casa del papacho Marcelino (improvisado aguantadero de locos caminantes latinoamericanos) a la seisdeagosto (que de la iglesia bajaba al muelle empachada de mercaderes y turistas) a parchar o retacar en los restaurantes, charlar con los amigos, cantarle serenatas a las caseritas (mamita, cholita, doñita, vendamé por favor), observar todas esas curiosas transacciones (viajes) que produce el globalizado cruce (cruz) de civilizaciones o alquilar algún bote con pedalera para entrometernos en el epicentro de la cultura andina (“el lago navegable más alto del mundo”, dicen las guías) a fumarnos nuestro bareto.
Conocimos a su hijo, Santiago, que todas las mañanas lo acompañaba a aquel sitio (el descalabrado patio de la iglesia de Copacabana). Supimos que estaban de vacaciones y que la mendicidad no era una obligación para Don Lucho. Más bien una forma de no aburrirse, no estorbar, y de paso, contribuir con la economía familiar (que si bien no era acuciante, tampoco era holgada).
Vivían en una zona cercana a una de esas fronteras que inventó el poder (desatando peleas tan absurdas como el origen del wayno o el charango, la chicha o el saxo andino, el pisco, el ceviche, la marraqueta, Gardel, el mate, la arepa, el dulce de leche, la música llanera o la cultura mapuche). Ahí en el altiplano, el epicentro de la cultura andina, del lado que alguien llamó peruano, antes de Puno, inmersos en una geografía que disimula cualquier división entre los pueblos y su tierra (los pueblos de la tierra).

Cuando nos fuimos, aquel papacho tierra que enfrentaba el descalabro de la historia humana con sus violinescos tejidos de ultratumba, sintió una profunda tristeza que trató de disimular con buenos augurios e invitaciones a que pasáramos a visitarlo por su casa.
Y aquel deseo (de volver a verlo, visitarlo), mágicamente se adosó a nosotros con esa mezcla de pasión e incertidumbre que da el Camino, y que muchas veces desdibuja los recuerdos y figuras (con esa misma fragilidad que cargan las mamitas budas o los papachos tierras, y un poquito, quizás, nosotros, los descalabrados entrometidos de este sangrante presente globalizado)

Un par de años después, de viaje de Santiago de Chile a Lima, en una de esas maratónicas epopeyas de atravesar el subcontinente en apenas una semana (apresurados por llegar a la Casa Quispe que se estaba gestando en los Pastales de Ibagué, Colombia), en un cruce (cruz) de autobuses (civilizaciones), como siempre, por supuesto, entrometidos, en este bendito descalabro latinoamericano, nos perdimos tratando de encontrar un mercado para desayunar en Tacna.
Al límite de una de esas tantas fronteras que inventa el poder (cargando con ese gris trajinar de tiempos y espacios, discriminaciones, contrabandos, y otros vericuetos de esta vida de mercachifles que el poder ha sabido imponer a los seres y enseres de los pueblos tierra), mientras atravesábamos (perdidos) un pasaje (perdido) de aquella desértica y laberíntica ciudad, ahí, precisamente ahí, escuchamos (encontramos) ese murmullo inconfundible de Don Lucho.
La misma posición de siempre, sentado cual buda (puna) al margen de este sangrante presente globalizado. Con su bolsa de arpillera a modo de asiento y aquel cartel de ciego arrugado, tejiendo ruiditos de ultratumba con su desquebrajado violín chapaco, diagonal non docta, ajena al tiempo y al espacio, al bendito descalabro mundial (y todas sus fronteras).

Se acordaba de nosotros ¿Cómo no se iba a acordar de nosotros? El brillo en su sonrisa arcillosa era suficiente evidencia.
María volvió a afinar su violín. La charla, cruce sin cruz (encuentro entrometido) se hizo chiquito para aquel espacio. Lo invitamos a desayunar en un mercado cercano (que él supo indicarnos).
Y el desayuno se hizo almuerzo. Nos contó que estaba en la casa de su hijo Edwin (pero que quería ir a Copacabana para el Inti Raymi, el año nuevo aymara), que su apellido era Ninawara (estrella de fuego), que vivíamos una época rara (“ya no hay vida”, nos dijo), que el mundo estaba loco de codicia (“todos seres solitos”, nos dijo), que ya nadie cultivaba la tierra, la amistad, ni el debido respeto a los mayores, al sol, la luna y su adorada pachamama.
Le preguntamos por su casa. Nos contó que estaba al costado de la nueva ruta asfaltada. Que al caserío le habían puesto luz (ya era poblado) y cada día era más difícil encontrar la bosta con la que solían encender el fuego. Ya no había ganado sino tiendas, y en vez de fogones, hornallas eléctricas. Que todo era más caro, y que a su hijo Luciano le costaba mucho mantener a sus seis guaguas.
Le preguntamos por sus tierras. Nos contó que sus hermanos se habían aprovechado de su ceguera y lo habían dejado sin nada (“ya no hay tierra, ya no hay vida entre hermanos”, confesó lagrimeando). Nos preguntó por Colombia, Buenos Aires, Santiago y Lima (por aquel sangrante presente globalizado que él, benditamente ciego, seguía ignorando).
Tiernamente desesperado nos preguntó si había vida en todos aquellos lugares (quizás con la esperanza de buscar algún refugio para sus arcillosos tejidos de ultratumba).
A pesar de las estadísticas poblacionales (inventadas por los señores conquistadores con el financiamiento del oro del Potosí) tuvimos que confesarle que si la había, era muy poca.
“Muchas máquinasarmas, pocos sentimientos, mucha codicia, muchos seres solitos. Ya no hay vida en las ciudades”, respondimos sin dejar de aclararle que allí donde estuviéramos, cualquier recoveco de todas aquellas ciudades sin vida, cualquier recodo del Camino, rincón de esta casa, tierra, pachamama que, se siente, ha comenzado a cargar esa fragilidad de las mamitas buda de los mercados (espectrales papachos de este crucecruz de civilizaciones). Ahí, precisamente ahí, siempre iba a haber un lugar para cobijarlo (refugiarlo). Bastaba con tejer las notas de un violín o cualquier otro mágico arteartilugio para prender el fuego que convoca a los entrometidos de siempre (todos seres luchando por no quedarse solitos, sin vida).

Volvimos a despedirnos con una tristeza que, esta vez, disimuló agradeciendo el milagro de encontrarnos. Bendijo nuestra amistad diciendo: “ustedes son hijos, hermanos, hay vida entre nosotros”.
Foto: María Clara Uribe
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“No es vida la del chilote, no tiene letra ni pleito,
tamango llevan sus pies, milcao y ají su cuerpo,
pellín para calentarse del frío de los gobiernos,
que le quebrantan los huesos,
llorando estoy.”
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Violeta Parra

“Depredadores , manga de langostas.
Un poquitito de sentido común.
Llévense el cobre llévense el cochayuyo.
Llévense los mariscos + deliciosos.
La albacora ................
los locos .............................
la centolla.
Prácticamente ya no queda nada.
Pero cuidado con el bosque nativo carajo.
Se tendrán que batir con los mapuches.”
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Nicanor Parra

Metri

La noche anterior habíamos entrado al único bar abierto del pueblociudad donde un émulo de Chayane cantaba esa de los Iracundos que dice “Puerto Moooooooont”. Todas las mesas estaban ocupadas por una nutrida concurrencia de sureños lugareños portuarios (bien podrían haber sido norteños mineros intoxicados de Calama o Texas) adaptados a los fundidos mestizajes de este sangrante presente globalizado.



Entonados por una botella de pisco, decidimos acercanos a una mesa ocupada por dos bellas y gentiles damas, a quienes amablemente interrogamos sobre la posibilidad de acompañarlas.
Eran cabareteras de franco, pasadas de los cuarenta, muy cordiales y cultas. Habían estudiado danzas, y la vida les había cumplido sus sueños en una de esas formas tan curiosas que ella tiene a veces para llevarnos a nuestro destino. Tomamos unas chelas y hablamos de todo un poco ante la mirada amenazante de los sureños lugareños portuarios.
El Chino quedó profundamente enamorado de una de ellas. Paloma. Hablaron de la paz y de Picasso, él le dibujo amorosos y surrealistas retratos sobre la mesa. Bailaron toda la noche (ante la amenazante mirada de aquellos sureños lugareños sangrantemente adaptados). Cuando con el Emi decidimos hacerle caso a esa modorra alcohólica que ya comenzaba a cerrarnos los ojos, Paloma y su compañera se despidieron amablemente, dejando, de una sutil y extraña manera, cerrada la posibilidad de acompañarlas, siquiera reencontrarlas, sin datos más precisos que recorrer los cabarets de Puerto Montt en busca de aquellas bellas damas.
El Chino se encerró en la parte delantera de la chata (la Guacha) durante toda la noche, con su guitarra y sus hojas desperdigas, su caja de biromes compradas en Once y sus discos de heavy metal, componiendo poemas y canciones, loas y bendiciones a su bella y eterna Paloma.
Amaneció en medio de uno de esos trances que solían aquejarlo (como si se hubiera comido una docena de amanitas muscari) para confesarme que apenas llegaba a Bolsón dejaba a su chica. Había encontrado el verdadero amor.

El Emi se le cagó de risa y salió a buscar un baño donde mear. Volvió con la noticia de que todo el pueblociudad estaba desierto, los negocios cerrados.
Intrigados soltamos el freno de mano y lanzamos a toser la camioneta por aquella cuesta donde la habíamos estacionado para pasar la noche (concientes de que siempre amanecía con aquel catarro que le impedía arrancar de una vez). Por suerte la loca había dormido bien con los arrullos del Chino. Navegamos las calles desiertas hasta que milagrosamente aparecieron dos jovencitas hipponas haciendo dedo.
Una vez en la parte trasera de la Guacha, alucinadas con aquel jolgorio de colchones y frazadas, graffitis y retratos espontáneos, literatura e instrumentos al alcance de la mano (con aquel trío de argentinos alocados navegando por las desiertas aguas de Puerto Montt), tuvieron la amabilidad de informarnos sobre algunos aspectos temporales y geográficos que parecíamos desconocer.
Aquel día era censo nacional, estaba prohibido salir a las calles por ley. (Con los chilenos siempre tan listos a cumplir cualquier ley a rajatabla. Aun aquellas que dicen no mear, no tomar alcohol, no repartir volantes sin autorización en la vía pública. Aún esa que dice que es obligación colgar la bandera en días patrios).
Ellas (de esas chilenas que no cumplen las leyes a rajatabla), también estaban un poco azoradas por la desértica ciudad (por la abrumadora capacidad de los chilenos para cumplir las leyes). Iban para Metri, un pueblito a cien kilómetros de allí, en la ruta que bordeaba el mar, yendo hacia la carretera austral. Hacia el lado que nos dirigíamos, precisamente el contrario al de Angelmó y el puerto de transbordadores que nos llevarían a Chiloe (nuestro supuesto destino).
Por supuesto que no había transporte público. Y eran tan bellas y simpáticas, habían sido tan gentiles en aclararnos aquellas situaciones, estábamos tan al pedo en la vida y parecía tan romántica la descripción del lugar donde vivían, que decidimos llevarlas de todas maneras.

(“Sigue el destino sus leyes, que a veces no son las nuestras. Sigue el Camino sus reglas, por atajos que a veces enseñan, a respetar el libre albedrío contra el que ningún poder puede conspirar”, cantan por ahí Los Residentes del Altiplano en Desobedecer la Ley, balada punk anarquista, Legajo número 23 -original- de la carpeta de Domingo Quispe)

El Camino (en su afan de no ajustarse a las reglas, las leyes, los rumbos preestablecidos) tiene casualidades asombrosas que lo dejan a uno vivir experiencias poco frecuentes.
Cruce sin cruz de mundos (caminos, civilizaciones), como compartir aquellos otoñales días con los hijos de un pescador originario de la araucanía (al que casi nunca le entendimos una palabra y que por lo general permanecía, con esa oscura osquedad chilota, encerrado en su taller arreglando su barco o yendo a recoger sus redes, o sus papas, sus huevos, sus gallinas, sus vacas y terneros, la deliciosa leche con la que íbamos nosotros a desayunar). Amablemente nos cobijaron con ampulosos amaneceres en torno a su cocina económica (un fogón de leña moderno y ventilado y mucho más espaciado que la salamandra de el Chino en Bolsón). Tomando mate, sopaipillas y dulce de murra, refrescándonos con agua de manzana, comiendo pescadito fresco, yéndolo a pescar en una medianoche de luna llena en una barca con la fragilidad del tiempo (y el equilibrio ecológico chileno), correteando por las laderas de aquellos fabulosos bosques nativos (parte del cual ellas habían recibido de herencia), donde imaginé que algún sendero podía conducirme a lo de Angelita Huenuman, rumbo a la tienda a comprar vino (tan económicamente delicioso en Chile), caminando por aquellas patagónicas calles de tierra donde uno también podía imaginarse a Ernesto y Alberto dejando en las curvas el polvo de sus motocicletas, pelando papas, ordeñando vacas, persiguiendo gallinas, haciendo el hueco para el curanto (como la watia de Bolivia, inmensos hoyos donde calentar la comida con la energía del fuego y las piedras al resguardo de la tierra).

Ahí, precisamente ahí, entrometidos, por supuesto, como siempre, en aquellos oscuros parajes donde el poder no recomienda adentrarse, donde el poder (por supuesto, como siempre) ha establecido una frontera, inmersos en una geografía que disimula cualquier división entre los pueblos y sus tierras (los pueblos de la tierra, la pulu mapu), charlamos a rienda suelta de todos esos avatares de este sangrante presente globalizado de los que nunca nos vamos a enterar por los medios oficiales.
Los proyectos de grandes represas, la expropiación de tierras, el asesinato de un estudiante mapuche, la acusación de terroristas y la cárcel para todos aquellos pobladores originarios (indígenas indigentes de uno de los países estadísticamente más ricos de Latinoamérica) que pretendieran defender su tierra, oponerse a la “civilización”, al avance de las industrialmente revolucionarias máquinasarmas. Las nuevas leyes y medidas del gobierno de esa señora hija de un soñador torturado (ahora torturando sueños). Los proyectos de comunidades autosustentables y festivales culturales (mágicos arteartilugios para prender aquel fuego convocante de los entrometidos de siempre, toditos esos seres luchando por no quedarse solitos, sin vida), aquel camping que habían improvisado en el amplio jardín de su casa y que todos los veranos se llenaba de mochileros que, por suerte, dejaban, además de noticias y avatares, algunas monedas para compensar la merma en la pesca (cada vez más escasa por culpa de los barcos factoría japoneses, el cambio climático, las leyes prohibiendo la pesca artesanal, y en fin, el bendito descalabro mundial), el gobierno que codiciaba sus tierras y temían pudiera robárselas con alguna estratagema legal, la cultura ancestral que se esfumaba de a poco, los bosques nativos talados para hacer chips de madera, los bosques de pino que los reemplazaban a modo de factoría (y que poco bien hacían al equilibrio ecológico), el gringo que había comprado buena parte del sur chileno (y también el norte argentino, sin que nadie supiera sus intenciones), los viajes en barco por el mar austral, los cuentos balleneros de Sepúlveda, los días de cárcel del cuñado en Punta Arenas durante la dictadura, la vez que se había aparecido por ahí Miguel Littin, el Trauco o la Pincoya, los chilotes, la minga, las capillas de tejuelas de madera y los cañones de Ancud, las particularidades de esas gentes curtidas por el frio invierno del fin del mundo, la receta para hacer milcao y ese salmón tan rico que luego nos comeríamos en un tarde desolada de la bahía de Cucao, resguardando nuestra garrafita de gas del feroz huracán que antecedía la tormenta (mirando sucios y hambrientos aquel banquete con dientes de bucaneros solitarios).
Caminos paralelos (perpendiculares al poder en una diagonal non docta).

Aquella mañana de la despedida, en el sopor de la madrugada, mientras saltaba por la ventana de aquella cabaña de madera (intentando que aquellos ancestrales pescadores no se dieran cuenta que había pasado la noche con su hija Marina), semidesnudo, zapatos en mano, con el patagónico rocío a punto de besarme los pies, la inmensidad de esos bosques bostezando esa calma de siglos que jamás tumbarán las angurrientas conspiraciones del poder (levántate Huenchullán), entrometido, en aquel paraje al margen (marginado) de la historia de todo este mestizaje (fundido), entendí con felicidad aquella mágica posibilidad que da el Camino de abrazar nuevas realidades, culturas, cruces sin cruz de esas civilizaciones que debemos explorar a fondo si queremos labrar la tierra de un mundo nuevo, sin guerras ni ambiciones, comodidades (máquinasarmas) fabricadas a costa del dolor de otros seres.
Y mientras la Guacha partía con rumbo desconocido empapada en esa inhóspita sensación que tiene el fin del mundo, aquel deseo de volver a verlos, visitarlos, mágicamente se adosó a nosotros con esa mezcla de pasión e incertidumbre que da el Camino (y que muchas veces desdibuja los recuerdos y figuras con esa fragilidad que cargan las mamitas budas, los papachos tierras, la tierra todita y un poquito, quizás, nosotros, los descalabrados entrometidos de este sangrante presente globalizado).

.Dibujos: Jonatan Kluk


No hay quien entienda el humor de las mamitas (pero cuando están de buenas...)

Salí a comprar una libra de tomates a esa estrecha calle que por un par de cuadras toma la definición de mercado en Yotalla.
La mamita (cholita, caserita, doñita, vendamé por favor) estaba tan de buenas que me aumentó un par de rocotos y un pimiento.
Pero ahí no terminó la ñapita (señora yapita de Yotalla).
“Gringo, gringo”, me llamó a grandes voces una caserita de una tienda cercana mientras extendía sonriente una bolsa con una libra de harina a modo de ofrecimiento. Traté de explicarle que no la necesitaba, con la desconfianza propia de quienes sabemos que a veces las mamitas bolivianas, como dice María: “te cagan o te cagan”.
Pero ella insistió vehementemente haciendo ese gesto con la mano que algunas veces quiere decir “fuera”, y otras “no hay”, pero que en ese caso quería decir: “lleve, lleve, gringuito, lleve nomás”.
“Gringo, gringo”, llamó otra cholita en medio de una creciente y angelical risa general.
Me regaló un par de yucas.

Y así fue. A la voz de “gringo, gringo”, terminé con un mercadazo que apenas si me cabía entre los brazos, y que llevé a la casa imbuido en esa sana hilaridad de las mamitas.
Se especuló con que estaban enamoradas de mí, que estaban impresionadas por el tamaño de esos wairurotes que llevaba en mi collar, que sabían que estaba en la casa de la Charo (vieja artesana de la zona, jujeña) y era amigo de la Silvia (vieja artesana de la zona, cordobesa), con mi energía, el poder de las mamitas, el calendario maya y el horóscopo chino. Pero la verdad verdad es que no hay quien entienda el humor de las mamitas (pero cuando están de buenas…)

Foto: Daniela Cajías
................................................................Ilustración: Nicolai Urquiza (el Chino)

La propia medicina

Al Cabo La Vela nos dirigimos en uno de esos jeepstodoterreno abarrotados de seres y enseres que desbordan la caja y se trepan por el techo y los paragolpes en franca pelea con el polvo y los rayos del sol. Chivos, gallinas, bicicletas, costales de papa, cubos de telgopor y bidones de agua o gasolina, televisores, deuvedes, mochilas, machetes y ollas pitadoras, artesanías, dineros y demás mágicos arteartilugios de los mercachifles de la vida (vida de mercachifles que el poder le impone a los pueblos tierra).
Ahí, precisamente ahí, donde el poder, por supuesto, como siempre, ha establecido una frontera (“caliente, muy caliente”, dicen los hermanos de Colombia y Venezuela), habitan esos seres y enseres que parecen venidos del África (tez oscura y pasos turbantes por el desierto) o el Medio Oriente (con todo ese oro negro debajo de sus pies), inmersos en unas de esas geografías que disimula cualquier división entre los pueblos y su tierra (los pueblos tierra) y habilita esa bendita y arrebatada costumbre (diagonal non docta) de contrabandear cuatroporcuatros y bidones de gasolina, telas y zapatillas, plátanos y caparazones de tortuga. (De vez en cuando algún cargamento de rayitas de cocaína rumbo a las islas del Caribe).

Gentes sin ley (o con su propia ley), sin agua ni cloacas, caminos o grandes hospitales, acceso a internete o directivi. Algunos compran sus mujeres con chivos y piedras preciosas, rastrillan los salares o cargan televisores en los puertos de la zona franca. Pocos ven el carbón, el gas o el petróleo (y hasta la energía del viento) irse de sus tierras en grandes trenes y barcos factoría. Tienen clanes familiares y una cultura milenaria y arenosa (difícil de barrer), organizan matrimonios que duran días, practican la brujería y la medicina natural, predicen los sueños (siete años de vacas flacas para ellos y otros siete de vacas gordas para los señores del norte), utilizan a menudo el ojo por ojo para dirimir controversias, todos son primos (ware) y desconfían de los extranjeros (xxx). Si pasas esa barrera, si superas la tosquedad de sus expresiones y palabras que se roba el viento (y a veces también algún descalabrado documentalista o científico gringo), ya eres un primo, ware (no tardarán mucho en invitarte a un matrimonio). Las arenas se harán estrellas (antiguos guías), los murmullos, cantos rituales, los seños fruncidos, arrugas de conocimiento, lo inhóspito, resistencia, la pobreza, dignidad, el mar, alimento, la tierra, morada, las manos, lujosos chinchorros donde mirar el sol ponerse en el infinito.

Ahí, precisamente ahí, en la Guajira (esa península al norte de sudamérica a donde querían llegar Ernesto y Alberto en sus ya afamados diarios de motocicleta), al margen (marginados) de la historia de todo este fundido mestizaje globalizado (pero nunca de sus consecuencias), desde cualquier cruce (cruz) de caminos (civilizaciones), atraviesan el desierto por rutas que sólo sus conductores ven, poblando hasta el límite de la física (metapatacuántica) esos desgastados jeepstodoterreno de seres y enseres tierra surgidos de quién sabe que lugar de ese desolador horizonte de cardones, tunas y cujíes (amen de algunas piedras sedientas).
Ahí, precisamente ahí, en medio, entremedio, entrometidos, por supuesto, como siempre, prestos a la posibilidad de un nuevo encuentro con otras realidades del Camino, estábamos nosotros.
Y como suele suceder cuando uno toma caminos paralelos al del turista (en esa clase económica o popular que implica convivir con seres y enseres en una serie interminable de transbordos y condiciones ajenas a las comodidades y consejos del poder y sus fronteras), éramos las únicas cabecitas gringas en medio de un nutrido grupo de wayuus (indígenas indigentes de uno de los países estadísticamente más pobres del mundo).
Y como suele suceder cuando uno es la única cabecita gringa en medio de un nutrido grupo de indígenas indigentes (sin importar las estadísticas o los dialectos, fronteras), éramos el centro de la atención.
Aquellos seres del desierto nos observaban con esa curiosidad que no tiene pena ni acusación (pudor o certeza de libro), señalándonos entre murmullos de un idioma extraño (wayuunaiki) mis abarcas y el aguayo de María. Como si detectaran en ellos la energía de esos aymaras (indígenas indigentes de uno de los países estadísticamente más pobres del mundo) que hacía ya un buen tiempo habían tomado la misma actitud hacia nosotros en algún camino paralelo (o perpendicular, diagonal non docta, entrometida) al del poder.

Algunos hombres son grandotes y morenos, de bigote ancho y anteojos raiban grandes y oscuros que pueden recordar al oficial Hightower de Locademia de Policía (Torrente o Bareta xxx). Otros cargan la retacona esencia de los papachos bolivianos con rasgos de nosocomio (o Charles Bronson haciendo de malvado en un spaghetti western). Cualquiera podría hacer el papel de mafioso narcotraficante en película gringa. Todos cargan sombrero de ala ancha y paja entretejida, camisas lisas, cuadriculadas o con algún arabesco, pantalones de jeen (cuando no andan de shores o con alguna toalla de baño amarrada a la cintura).
Las mujeres deambulan por el desierto con vestidos largos de una sola pieza, enmarcando sus curtidos y bellos rasgos con coloridos pañuelos anudados a modo de bincha. No debe haber dos iguales en toda la Guajira. Van de los tonos lisos a estampados dignos de la psicodelia hippie, figuras geométricas, dibujos de animales o palmeras, rayas, espirales, arabescos y una serie interminable de diseños y texturas.
Se agitan al viento mientras caminan, a veces cubiertas con una mezcla de barro que usan para protegerse del sol, con sus mochilas (morrales) cruzadas sobre el cuerpo o colgadas en la frente.
Todos calzan wayreñas (abarcas, sandalias de suela de caucho y empeine tejido en telar).

Muchos artesanos nos habían advertido que, como todo pueblo milenario, los wayuus eran amantes del trueque. Nos habían recomendado llevar mostacillas y piedras de colores que se podían cambiar de forma escandalosamente favorable por mochilas y otras artesanías.
Pero nosotros habíamos decidido no seguir la ruta de los colonizadores europeos (el oro del Potosí, los tratados de libre comercio, las migajas de las oeneges, los descalabrados documentalistas o aquel músicoproductor rescatando viejitos músicos en desgracia para el bien de la cultura occidental), optando por un cambio justo y por nuestros propios trabajos.
En el Cabo La Vela pusimos la carpa a la sombra de un cobertizo en la ranchería de Jesús, un pescador wayuu de ojos azules profundos enterrados en pómulosdunas arenosos marcados por un sol guajiro de pelo espinado y expresión de pocos amigos.
Apenas nos ranchamos (después de presentarnos y darle la cajita de lillos y los panes que un amigo artesano caleño nos había recomendado llevarle), volví al lugar adonde nos había dejado el jeeptodoterreno para buscar lo que quedaba del equipaje.
Cuando volví, la María (con ese don de niña duende que tiene para relacionarse con las mamitas de todo el continente) ya estaba rodeada de un grupo de artesanas wayuu curioseando el paño desplegado sobre la escasa sombra de arena que dejaba el cobertizo. Habían llegado de la nada, como ellas suelen aparecer, de repente, mágicamente, en medio del desierto, cómo lagartijas escurriéndose entre las sedientas piedras.

Mi presencia provocó un breve momento de inquietud, que pronto se disipó cuando, tratando de imitarlas, decidí adoptar cierto halo de invisibilidad y sentarme a una prudente distancia, haciéndome el que armaba la carpa.
Aquel trueque (con la mujer de Jesús oficiando como intérprete), fue el primero de muchos encuentros (que no siempre es intercambio) con las artesanas guajiras, ya sea en la carpa, el pueblo (donde ellas pululaban, mercachifles de la vida, en busca de algún turista a quien venderle sus trabajos) o aquel desierto por donde caminábamos rumbo a paradisíacas playas, ignorando las advertencias sobre la posibilidad de un atraco en manos de aquellos maleantes indígenasindigentes.
Al finalizar el par de semanas que nos duró la comida y el agua potable (bienes escasos y por ende costosísimos por esos lares), al ver la cosecha del trueque, nos invadió la decepción.

Tras habernos liberado de una buena parte del parche (mandalas y tejidos de macramé), un shampoo y, curiosamente, unas pulseras guajiras que habíamos comprado en Río Acha (no se tejían en esa zona pero parece que le gustaban a los turistas), nos habíamos quedado con un puñado de mochilas pequeñitas y tejidas con hilo de nylon brilloso (que por suerte no tenían dibujada la marca de aquel whisky escocés que toman los directores de cine que ridiculizan a los pueblos originarios o esas zapatillas hechas con la explotación de alguna hermana indígenaindigente del otro lado del planeta).
Habían hecho con nosotros lo que nosotros no queríamos hacer con ellas, en un acto que, no vamos a negarlo, tenía cara de revancha histórica.

A punto de irnos, recién empezando a tener esa confianza lenta que implica el buen intercambio, cruce sin cruz de mundos (caminos, civilizaciones), la mujer de Jesús nos aclaró que todas esas mujeres con las que acaloradamente (al son del desierto) habíamos trocado objetos, eran artesanas de poca monta, mercachifles de la vida que les ha impuesto el poder y sus fronteras, algo así como “vendidas” o “vendedoras” (aunque por supuesto jamás usó esas palabras ni ninguna otra expresión descalificante).
Nos presentó una amiga, verdadera artesana wayuu, que nos explicó que las mochilas que valían la pena se tejían pensando en la persona que iba a usarla. No eran objetos fáciles de obtener, intercambiar, sino más bien una parte ancestral de su cultura, que no podía ser develada al primer visitante que pasará por ahí. Viendo nuestros trabajos (nuestra sana decepción y voluntad de intercambio, cruce sin cruz de culturas) se ofreció a tejernos una a cambio de un collar de macramé (también hecho pensando en ella).
Claro que (a pesar de la opinión de muchos turistas) tejer una mochila o un lindo collar de macramé no es cuestión de horas, y para esperar los días requeridos necesitábamos tiempo y provisiones (o dinero) que no teníamos. Fuera de temporada (de la posibilidad de usar nuestros artesartilugios como cualquier otro mercachifle de la vida), tuvimos que rechazar la oferta. Prometimos volver (con aquel adobe de mágicos deseos, mezcla de pasión e incertidumbre, que da el Camino) y partimos con nuestra decepción a cuestas en un jeeptodoterreno rumbo a Río Acha (capital de La Guajira).

En el camino de vuelta entablamos amistad con una anciana wayuu que, admirada por el aguayo y las abarcas, a través de la traducción de su hija, nos contó que tenía una amiga holandesa, caminante (entrometida) como nosotros, con quien había compartido varias semanas en su rancherío del desierto. Se ofreció a hospedarnos y enseñarnos a tejer hamacas. Le preguntamos en cuánto tiempo podíamos aprender. Nos dijo que, mínimo, tres meses. Acuciados por ciertos compromisos en Ibagué (sumando deseos de reencuentro a nuestra casita de frágiles adobes de pasión e incertidumbre), decidimos anotar sus datos y seguir viaje.
Así el Camino nos demostró una vez más que el correr de este mundo y sus intercambios (cruces sin cruz) es más lento de lo que parece (de los que nos vende el poder) y que no sólo los tiempos del turista (semanas) sino también el de los caminantes (meses) son escasos para aprender ciertas artes o relacionarse con ciertas culturas.
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Dibujos: Leo Occipinti

El rey de los arteartilugios (cualquiera es suficiente para lanzarse al Camino)

Visitando un internete de La Paz (siempre dispuesto a la posibilidad de un nuevo encuentro con otras realidades del Camino) me pongo a charlar con un entrometido uruguayo que, igual que yo, no teme perder los minutos comunicándose en un centro de comunicación.
-¿Vos haces música no?
-Si
-El otro día te vi pasar retacando en una buseta con una chica que toca el violín.
-Claro, esos somos nosotros. La Domingo Quispe Emsamble. Mirá. Tocamos el viernes en el Alambique - confirmé pasándole un volante.
-¿Vos también andas viajando?-pregunté.
-Si.
-¿Y a qué te dedicas?
-Yo limpio vidrios en los semáforos.
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Dibujo: Sol Severi

El viejo del río Gaira

No se sabía bien qué es lo que hacía, pero se pasaba las horas sentado en aquella recóndita playa cercana al Rodadero de Santa Marta, donde apenas se acercaban de vez en cuando a fumar su bareto los gamines de la zona y los artesanos del camping Miramar. (Pronto también empezaron a visitarla los inescrupulosos tombos del balneario, quizás alentados por la queja de algún vecino).

Se parchaba en la escasa sombra de unos arbolitos que oteaban el horizonte ahí en la desembocadura del río Gaira (que contaminado y estrecho se perdía en el mar caribe).
Parecía mayor, pero dignamente conservado, como si hiciera mucho ejercicio o llevara una vida relajada. Cuerpo bronceado y vigoroso, de músculos bien marcados (como Hemingway en Cuba o algo así). Aspecto ordenado, aunque realmente nunca llevara demasiada ropa: una bermuda, una camisa blanca y unas abarcas de goma que siempre cargaba en la mano o dejaba al ladito de un árbol. Corte de pelo refinado y un bigotillo entrecanoso que jamás se inmutaba ante el agua y le daba el porte de un elegante ejecutivo (o estilista francés).

Aquella mañana iba yo solo, alegre con mi porrito en la mano. El viejo se bañaba en el río. Lo saludé y le mostré el bareto a modo de invitación (igual que hacían todos los gamines y artesanos del lugar).
“La naturaleza es maravillosa, nunca deja de deslumbrarme. Esas aves, esta sombra, el mar…. pero lo que más me deslumbra es el sueño. Que don más maravilloso ese que hace que uno se vaya a la cama fatigado, con músculos doloridos, sin esperanzas, sin más ganas de vivir. Y al despertar uno se ve rozagante, dispuesto a enfrentar el día con el mayor de los bríos”, me dijo con un aire de honda reflexión mientras exhalaba aquel sagrado humo verde.
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guerreros
se preguntan
dudando

sin rastros
van tanteando
caminos

ellos son
esperanza
sin tiempo



(Los hombres de buena fe)
Haikus Latinoamericanos
Haijin: Sara Masteralto
Haiga: Marina Masteralto
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“Para conseguir la paz mucho más tendrás que luchar.
El hambre, los hombres, la tierra que siembran son parte de la paz.
Los niños que crecen, culturas que enseñan, raíces de la paz.
Las caras ajenas, el que piensa distinto, son parte de la paz.

Para conseguir zafar de esta guerra de ambición,
todos los brazos, raíces, la tierra,
las manos abiertas, tendrás que convocar,
mirar al costado, bajar a los mundos que no queres mirar.
Dejar la soberbia, la hipocresía,
toda esa mentira son balas que matan la paz.

Para conseguir la paz mucho más resta por luchar,
Juntarse entre hermanos sin culpas ni llantos,
No hay desesperanza, los muertos que danzan,
Derrotado está el que no quiere luchar.”
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Paraco
Reggae costeño de Juan Palomino
Legajo número 156 (anexo) de la carpeta de Domingo Quispe

La estrellita de Lima

 Cuando llegamos a Lima nos dimos cuenta que todo había sido un acto impulsivo, desesperado y bastante tonto. Queríamos pasar el año nuevo con nuestros amigos Nati y Pablo. Pero al llegar nos enteramos por un mail que estaban en Huanchaco (una playa cerca de Trujillo).
Yo nunca había estado en Lima, pero María y muchos otros caminantes aclaraban y reaclaraban que era una ciudad gris, sucia, violenta, apresurada, y bastante jodida para hacer dinero.

(“El horror supremo en la blancura de su infortunio”, había dicho Melville, “capital mundial de la desesperanza”, la bautizó Eduardo Benavides, “salvo robar y que te roben, no hay mucho más que hacer en Lima”, aseguraba Astor Alas)

En el apuro (tras un día entero de hacer dedo en el grifo La Buena Vida en las afueras de Arequipa), le habíamos dado nuestros últimos ahorros al chofer de un bus para que nos llevara a la capital por mucho menos de la mitad de precio. Arriba habíamos tocado un par de canciones con el bendito resultado de doce soles y una invitación a cenar.
Así que, tras algunas discusiones nerviosas, mientras aceptábamos la realidad de pasar el año nuevo en Lima (sin amigos y sin dinero), finalmente me dirigí para el centro en busca de un hotel barato (con todas las advertencias sobre la peligrosidad del sitio).
Tratando de seguir mi intuición cruzaba la Plaza San Martín cuando dos muchachos con pinta de querer robarme lo poco que tenía se acercaron a saludarme.
Afortunadamente sabían que era poco lo que tenía, que no era malandro pero si maluco (que es casi lo mismo) y que seguramente andaba buscando un hotel barato. Se presentaron, me preguntaron a qué me dedicaba, qué buscaba, me indicaron el sitio y me dijeron que conmigo estaba todo bien (waiki, amigo en quechua).

(“Este ser tuvo líos como cualquier humano, a veces es mas humano que los que ven sus libros” cantaba por ahí Alfredo Domínguez)

A partir de ahí, los milagros no dejaron de sucederse. Yendo para el hotel nos encontramos con el Che, maluco viejo de Ibague, padre de Maya y Saya (aquellas entrañables amigas con las que María se había lanzado al Camino). Estaba en el medio de una de esas maratónicas epopeyas de atravesar el subcontinente en apenas una semana (apresurado por llegar para año nuevo a la casa de Maya y su pareja, Pancho, en Santiago de Chile). Venía de comprar artesanías en Santo Domingo y le quedaban un par de horas para almorzar antes de tomar el bus a Tacna. Sin que fuera necesario contarle nuestra situación económica nos invitó a acompañarlo entre lomos salteados, cerveza negra, chanca y picante, noticias de lugares y amigos del Camino, además de todos esos avatares de este sangrante presente globalizado de los que nunca vamos a enterarnos por los medios oficiales.

El Hotel estaba situado en plena calle de las putas, en un barrio de esos non sanctos, oscuro paraje donde el poder nunca recomienda adentrarse. Pero milagrosamente valía solo doce soles la noche para los dos. El cuarto tenía cama de cemento y colchón de agua, hermosa vista al pulmón de un edificio que se venía abajo y banda sonora de película de Tarantino o Jarmush. Pasillos oscuros y de paredes despintadas, parejas que iban y venían sin preguntas ni observaciones y una recepción antigua con muebles de madera y un romántico mostrador donde un amable viejito de uniforme azul recibía y entregaba la llave a cualquier hora, siempre con una amable sonrisa. Éramos los mejores clientes, los únicos gringos turistas que decidían pernoctar allí noche tras noche, pagando religiosamente su cuarto sin demasiados reclamos, siempre con una sonrisa y hasta quizás una charla amable (una canción, un collar, alguna anécdota de tierras lejanas).

Apenas salimos a la calle hicimos las monedas (los soles) necesarias (os). Y al pasar de los días, nos dimos cuenta que las alforjas engordaban al son de aquellas monedas (soles), si bien siempre necesarias (os), nunca urgentes. El multimedios Quispe veía incrementar sus ganancias con la música y las artesanías, parchando en el Jirón de la Unión o Barranco, retacando por las pizzerías del centro o el mirador, despertando simpatías de todo tipo entre esos curiosos y preguntones muchachos peruanos que tarde o temprano nos invitarían a comer alguito, entre amables conversaciones con las jolgoriosas camareras de una heladería céntrica, que nos solo festejaban con lluvia de aplausos y gritos nuestros temas, sino que también nos regalaban helados bañados en chocolate.
Con los bolsillos y los corazones rebosantes de soles, aprovechamos todas las delicias de la bajonería peruana (lujosamente incentivados por esa baretica tan rica que tienen por esos pagos). Ceviche, papas a la huancaina, lomo salteado, marcianitos de fruta, zambitos de chocolate, y esas papas rellenas cuasi alucinógenas que descubrimos en un krishna de menú vegetariano económico, con gentes pacíficas, olor a incienso y videos de shakiras o rickymartins hindúes.
Incluso uno de esos días de afortunado sol limeño (un bien escaso como bien han podido reconocer Melville, Astor Alas y buena parte de los caminantes latinoamericanos), María, usando sus arteartilugios de niña duende, consiguió venderle a una muchacha turca uno de aquellos delirantes tejidos con los que me habían ganado el mote de “genio loco del macramé”. Esmerados y alquímicos diseños que, cuando llegaban a buen puerto, eran del gusto de escasos seres humanos (por lo general demasiado amigos, artistas o humanos como para poder cobrarles el precio sugerido, o demasiado gringos como para entender la relación trabajo-dinero que implica un objeto artesanal como aquellos, alejados de la producción en serie, la masificación y explotación imperante en este sangrante presente globalizado).
Pero aquella bella dama turca (a la que nunca conocí) se enamoró perdidamente del collar, y hasta estuvo dispuesta a pagar el precio sugerido sin siquiera chistar.
-Mirá el paño ¿No falta algo? – me preguntó María emocionadísima apenas regresé de mi misión bajonexploratoria con dos de esos maravillosos sanguches rastas que vendían cerquitica del parche (por apenas dos soles).

Y por supuesto también que, entrometidos como siempre en aquellos oscuros parajes donde el poder no recomienda adentrarse, no pudiendo escapar a la posibilidad de un nuevo encuentro (cruce sin cruz) con otras realidades del Camino, enseguidita tuvimos la oportunidad de agradecerle el favor (el milagroso sol) a nuestros amigos (waikis).
Ahí, precisamente ahí, donde el poder, por supuesto, como siempre, ha establecido una frontera, nosotros prendimos con nuestros arteartilugios ese fuego que convoca a los entrometidos de siempre (todos seres luchando por no quedarse solitos, sin vida). Canciones de afamados rockeros argentinos, coplas de la Violeta Parra, alguna zambita de Atahualpa Yupanqui o Alfredo Dominguez, cumbias colombianas, candombes uruguayos y muchas otras verdades atesoradas en la carpeta de Domingo Quispe (homenajes a los héroes anónimos) desfilaron al son de los manotazos de Arantxa (la amatxu vasca) y el ronroneo de aquel violín chino que, en manos de aquella niñaduende, siempre había despertado encantos de sirenas homéricas en los navegantes de las turbulentas aguas de la marginalidad urbana (el bendito descalabro mundial).

Y como aquel callejón frente al abandonado Teatro Colón (un terreno de esos impenetrables según los mitos populares) nos quedaba de camino al hotel, el encuentro pronto se transformó en un rito que religiosamente tendía a concluir con la llama adecuada.
En recompensa por aquellas ignotas presentaciones de la Domingo Quispe Ensamble, los waikis nos deleitaban con los mejores wiros (porros) del Perú. Ahí, precisamente ahí, sentados en el cordón de una desafortunada y oscura pollería, aspirando con felicidad la mágica posibilidad que da el Camino de abrazar nuevas realidades, entre charlas de lugares lejanos, músicas del mundo, formas de armar un wiro (porro), anécdotas sobre negocios truculentos y noticias de esos avatares de este sangrante presente globalizado de los que nunca nos vamos a enterar por los medios oficiales, las deliciosas flores de skank o punto rojo prendían, por supuesto, como siempre, la mágica noche, iluminando de a poco con su sagrado humo aquellas oscuras callejuelas rumbo a ese bendito sueño (el nuestro y el de tantos otros entrometidos en diagonal non docta a los deseos y reglas, fronteras del poder) sin guerras ni ambiciones, comodidades (máquinasarmas) fabricadas a costa del dolor de otros seres.

(“Aunque mucho he padecido, no me engrilla la prudencia, es una falsa experiencia vivir temblándole a todo. Cada cual tiene su modo, la rebelión es mi esencia. Pobre nací, pobre vivo. Por eso soy delicado, estoy con los de mi lado, zinchando tuitos parejo para hacer nuevo lo que es viejo y verlo al mundo cambiado”, cantaba Atahualpa Yupanqui)

La noche vieja la pasamos parchando en el Jirón de la Unión y cenando en un barrio periférico con unas amigas mormonas que conocimos tocando en un restaurante. Las semanas se nos fueron rapidito mientras profundizábamos la relación con Starky (¿estrellita?) y sus amigos, entre idas y venidas a la olla en busca de porro, disquisiones políticas, lecciones de macramé, rocanroles y helados de chocolate volcados sobre sus pantalones nuevos.
El Starky podría haber sido el ejemplo de esa canción de Hipólito Mamanis Quispe (No Changuito, waino punk, Legajo número 15 -original- de la carpeta de Domingo Quispe) que dice: “la policía es un peligro del que puede salvarte un ladrón, y la hora de las enseñanzas la verdad no está en la universidad”.
Sueña con ser artesano y caminante y jamás va a hacerle un daño real a nadie que no se lo merezca (si es que alguien merece algún daño). Quizás sería más correcto decir que no va a robarle nada a nadie que a pesar del daño provocado no pueda reemplazarlo (en esa sana vocación peruana donde el hurto es más frecuente que el despojo a mano armada). Poniendo las manos en el fuego (“si uno no puede quemarse las manos por un amigo que nos queda”, decía el negro Dolina refiriéndose a las cortadas piernas de el Diego) podría decir que Starky también sueña con un mundo donde nadie tenga que robarle nada a nadie, sin daños ni armas. Tiene una clara visión de la sociedad, los gobiernos, los tejes y manejes del poder. Se sabe al margen (marginado) del sangrante presente globalizado. No usa armas ni máquinasarmas. Le basta con haber forjado (a base de muchas pruebas de coraje) un prestigio inigualable entre los maleantes de la ciudad.
El collar de wairurus que le regalamos y los hilos encerados con los que le estábamos enseñando a tejer macramé (siguiendo las lecciones de otro maluco caminante contiano que había pasado por ahí esquivando los recuerdos y conspiraciones del poder) lo salvaron de ir preso por vagancia. No era tonto, sabía cuidarse tanto como sabía llevar adelante los negocios turbios con los que le daba de comer a su familia.
Mientras más compartíamos las palabras, las experiencias, los wiros de punto rojo, sentados en aquel escalón de aquella desafortunada y oscura pollería de aquel callejón frente al abandonado Teatro Colón, más nos daba la sensación de que nuestros caminos, a pesar de sus diferentes puntos de partida, eran paralelos (perpendiculares al poder en una de esas diagonales non doctas que tejía Don Lucho).
“Ustedes nos cayeron bien desde el primer momento. En todo el barrio saben que si se meten con ustedes, se meten con nosotros. Pero no vayan a creer que en todos lados es así. En el norte lo chibolos están chiflados, se meten bazuco (paco, pasta base), te matan por cualquier cosa”, nos aclaró al irnos en un abrazo.


.Ilustraciones: Nico Mezquita
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El agua de Crucita


Primero se escuchaba un temblor en la tierra. Enseguidita, el ruido de la canilla bamboleándose y eructando a grandes voces.
Podía ser por la madrugada, a media mañana, o cerca de las dos de la tarde, de cualquier día, cada dos o tres días, quizás una semana.
Todos habíamos afinado el oído a ese evento tan particular. Apenas lo percibíamos, saltábamos del lugar donde estábamos dejando cualquier ocupación y, en un sutil estado de desesperación, corríamos a buscar el jabón, el cepillo de dientes, la ropa sucia, las ollas usadas y todos los recipientes de plástico vacíos que había desperdigados por la casa.
Así, todos juntos, seres y enseres, nos agolpábamos frenéticos debajo del chorro de agua de aquella solitaria canilla en medio de aquel terreno árido que funcionaba como patio de casa. Sabíamos que aquel milagro solo duraría como mucho un par de horas.
Aunque para algunos pueda parecer extraño, el agua es un bien escaso en muchos lares del planeta. Entre ellos la playa de Crucita, en la cálida costa ecuatoriana.
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nada es
mas ni menos
esencial

cada ser,
por chiquito
que sea

tiene su

derecho
a existir


(La vida)
Haikus Latinoamericanos
Haijin: Sara Masteralto
Haiga: Marina Masteralto
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“Hoy en dia todo parece llevar en su seno su propia contradicción. Vemos que las máquinas, dotadas de la propiedad maravillosa
de acortar y hacer más fructífero el trabajo humano,
provocan el hambre y el agotamiento del trabajador.

Las fuentes de riquezas recién descubiertas se convierten,
por arte de un extraño maleficio, en fuentes de privaciones.
Los triunfos del arte parecen adquiridos
al precio de cualidades morales.

El dominio del hombre sobre la naturaleza es cada vez mayor;
pero al mismo tiempo, el hombre se convierte
en esclavo de otros hombres o de su propia infamia.

Hasta la pura luz de la ciencia parece no poder brillar
mas que sobre el fondo tenebroso de la ignorancia.

Todos nuestros inventos y progresos
parecen dotar de vida intelectual a las fuerzas materiales,
mientras que reducen la vida humana
a nivel de una fuerza material bruta.”
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Carlos Marx
(anticipándose a las futuras disquisiciones de Carlo y Groucho)
en un discurso pronunciado en el aniversario del People´s Paper en 1856

El puente sobre el río Putumayo

Fue en Mocoa, una de las ciudades capitales más pequeñas de Colombia. Ahí en la selva, donde abundan las frutas y las armas (y los planes para hacer grandes carreteras que exporten los tesoros amazónicos). En un barrio en las afueras, justo antes de cruzar el río Putumayo.
Tenía pantalones de jeen y el torso descubierto. No recuerdo bien sus pies pero mi imaginario dice que estaba descalzo. En cambio estoy seguro que pude distinguir cada rasgo de su rostro. Cejas gruesas de almacenero gallego (o campesino boyaco), papada ancha y pómulos ajustados, unos labios imperceptibles (quizás pálidos), el pelo cortico y recortado a navaja sobre su patilla, redondeando unas orejas retorcidas que se le escapaban del cuerpo.
Las patas de gallo surcaban toda la cara, desde el final de los ojos hasta la sien. Su mirada no decía nada. Tampoco sus manos colgando inertes a los costados.
Tenía toda la cara cubierta de pequeños tajos, como si le hubieran dado de lleno con una pala o un machete abierto. Su espalda se apoyaba en una construcción apenas esbozada con ladrillos y cemento a la vista, un cubo cubierto de pasto y humedad tropical, con apenas dos aberturas.
En la que hacía de puerta lo vi fugazmente, todo cubierto de sangre, rodeado de otros hombres que no alcance a distinguir. Con el Pablito habíamos escuchado los disparos desde el puente y seguimos nuestro camino lo más rápido que pudimos.

Poco después, cruzando el mismo puente, con la María vimos aquel niño arrojando un cubo completo de basura al río (fresco afluente del Amazonas) a pasos de la roca donde un nativo arrojaba su atarraya al aire con grandes gestos e ilusiones de torero, rogándole respetuosamente unos pescaditos pa la familia.

En Colombia, uno de los países con la mayor riqueza natural y humana del mundo (epicentro geográfico y político del bendito descalabro mundial), la vida, humana y natural, no vale nada.

¿Será cuestión de la oferta y la demanda?
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............................................................................Foto: Joaquín Astelarra

Duendes en las alturas del mundo

Con Pablito y Nadine arrancamos de una, sin pensarlo, antes de que la iniciativa volviera a caer en el agujero de alguna responsabilidad mal interpretada (como hacer taller, salir a retacar, o ir al internete) o un bolsón de pereza (que por lo general viene después de un bareto para coger hambrecita, una tropical comilona, y otro bareto de sobremesa). Hicimos dedo, tomamos un bus, caminamos un buen rato, llegamos a una finca campesina y preguntamos el sendero correcto para llegar a aquellas aguas termales de las que Nadine tenía un vago recuerdo de algún sueño (viaje) pasado.

Pagamos un derecho de paso, comimos un arepa con aguapanela, escuchamos las indicaciones y seguimos trepando la montaña con nuestros enseres (carpa, bolsas de dormir, un par de libros, alambre y trabajos de macramé a medio hacer, un baguyo de bareta, bananos, un melón, chapatis de harina integral, un pedazo grande de queso y una mermelada de frutilla y hongos).
Pusimos la carpa sobre un filo de pradera que daba al infinito, con las nubes debajo de nosotros y la cordillera serpenteando pacíficamente a nuestros pies con aires de deidad azteca dormida. A pocos metros una precaria muralla de bolsas de arpillera con arena estancaba un hilo de agua termal donde nadamos desnudos hasta bien entrada la noche.
La mermelada que nos comimos a media tarde con el chapati y el queso no produjo efecto alguno. Quizás por mezclarla con un lácteo, especuló el Pablito. Quizás porque estamos consumiendo zilosibina como si fuera aguapanela, dije yo. Estamos tomando aguapanela de hongos, aclaró el Pablito. Y mermeladas de hongos. Hasta sanguches de lechuga tomate y honguitos. Y el Papelucho los mezcla con jarabe para la tos y alcohol etílico, insistí yo. Es que son tan ricos, y encima es temporada de lluvia, y hay tantas vaquitas. Cebúes y de las que comen centeno. Solo hay que tomarse el bondi hasta la finca de Rafael a media mañana para cosechar cual duendes por la pradera, se excusó el Pablito relamiéndose con cara de el Loco Darío diciendo “quebueeeeeno” o el Tío Germán suspirando “yooooo quiero”.
Rafael era el hijo de una familia acaudalada de Mérida que había quedado colgado en un viaje de hongos y ahora se paseaba descalzo por sus propiedades con pinta de duende mendigo, barbas y cabellos largos, rasgos chupados, extremidades esqueléticas, jeen, camisa deshilachada y la sagrada misión de quitar los parásitos de todos los frutales de su propiedad.
Bueno, también se especulaba con que Nadine había quedado medio colgada de tanto comer hongos. Era un personaje muy particular. Como muchos caminantes se había quedado pegada en Venezuela (en Mérida en particular) gracias a la abundancia de monedas y comidas, transportes baratos, casas campestres de exiguo alquiler, amigos, arteartilugios, sustancias y demás seres y enseres necesarios para ese loco supervivir con el que cargamos los entrometidos de siempre. (Además de flexibles leyes migratorias, cercanía con el paraíso colombiano y gobierno en manos de ese simpático líder bolivariano que se la pasa puteando a los gringos)
Los chismes decían que además de naturista y proclive a cualquier práctica espiritual de esas que abundan en la tribu caminante (yoga, reiki, calendario maya, viajes chamánicos, budismo zen, ritos a la pachamama, libros de Osho, capoeira de Angola, piedras energéticas y mandalas de alambre), era asexual. Flaquita y pelada al ras, introvertida, siempre en sus propios sueños y pensamientos, aunque firme a la hora de actuar o reclamar asuntos como la falta de orden en la casa o el incumplimiento de algún compromiso. Siempre de una manera muy dulce y amable, que podía sostener gracias al miedo que en muchos causaba sus raras actitudes, casi de hechicera. Como esa cuática tendencia de empezar a contorsionar su cuerpo y hacer ruidos guturales en medio de cualquier reunión.
Decía que un espíritu se le había entrometido en un viaje de yague. Cantaba cantos del Santo Daime con una bella voz que acompañaba con campanas y percusiones. Vivía con su madre, artesana vieja guardia, en una casa de campo cerca de Yatay.
Decían que de tanto comer honguitos ya no los necesitaba. Y que hasta a veces podía robarse el viaje de los otros (o guiarlo a quien sabe donde).
Creo que esa noche, el viaje de los hermanitos quedó para mi otro ser, ese que vaga por el mundo en sueños. Ese que se deslizó como una serpiente antigua por el filo de la montaña, aprendiendo de las distancias que se necesitan para llegar a ese hilo de agua, río, que paciente y caudaloso agita el alma sin moverse, recorre el mundo sin apartarse de su naciente, visitando de regreso la casa de papachos campesinos, despertando para prender el fueguito del alma, calentar la arepa, el api, el aguapanela, la pava para el mate, el mote, la tortafrita, la almojabana, el caldo, el sancocho, esa fuerza de la mañana (el mañana) que les permite aprender el lento crecer de los hijos (frutos) de la tierra, los pueblos tierra, esos que tarde o temprano alimentarán la esperanza de un mundo nuevo.
Ahí, precisamente ahí, donde nuestras historias, caminos, realidades, puedan confundirse, mestizarse, cruzarse sin cruz, sin miedo ni fronteras, sin guerras ni ambiciones, comodidades (máquinasarmas) fabricadas a costa del dolor de otros seres. Al margen, marginados, de este presente sangrante globalizado (todos seres solitos y sin vida).

Claro que todo eso puede que sólo haya sido un duendesueño de un viaje de hongos en Mérida.

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...............................................................................Ilustración: Fernanda Algorta
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“Catastrofe natural calentamiento global,
cientos de pruebas nucleares, tiran basura en los mares.
Y alguien pregunta cómo será que pasó
que un maremoto mató a más de cien mil personas.

¿Y la Onu?

Mira, con un hombre viene, por más que lo supo antes.
Pero salió más barato mandar ayuda después,
evacuar cientos de miles.
Este mundo está al revés.”
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Curtidores de Hongos, Plan Extremo

“dice: proletarios versus burguesesléase: pacíficos peatones versus asesinos del volante
Peatones: Héroes anónimos de la ecología
Explosión demográfica, saqueo de la naturaleza,
colapso del medio ambiente,
vicios de la sociedad de consumo que no podemos seguir tolerando:¡hay que cambiarlo todo de raíz!
dice: proletarios del mundo uníosdebe decir: peatones del mundo uníos
¿el mundo actual?El inmundo actual
Ya no pedimos pan, techo ni abrigonos conformamos con un poco de aire!Excelencia!
basta de profecías apocalípticasya sabemos quel mundo se acabó
¿Catastrofista?
¡Claro que sí!Pero moderado
El error consistió en creer que la tierra era nuestracuando la verdad de las cosas es que nosotros somos de la tierra
Buenas Noticias: la tierra se recupera en un millón de añosSomos nosotros los que desaparecemos.”
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Nicanor Parra

Sobre supermercados, tiendas y demás negocios modernos.

¿Para que putas tantas bolsas de plástico? ¿Por qué no pueden entender que yo quizás no las quiero? ¿No saben que luego se acumulan en los alambrados de la patagonia dando un lamentable espectáculo (el mismo que dan esas jirafasdragones de fuego que las producen)? ¿No saben que a esas cosas ni siquiera la pachamama se las come? ¿De donde salen? ¿Con que costos? ¿Ningún gobierno piensa que explicar estas cuestiones es educación? ¿Alguien pensó que esos gringos que dan soluciones ecológicas consumen como una diez bolsas por cada una que consumimos los latinoamericanos? ¿Sabemos los habitantes de este rincón del planeta que apenas aportamos el cuatroporciento de los gases invernadero que están calentando el planeta (y millones de otras estadísticas de esas que inventa el poder que dicen que estamos lejos de ser los responsables del bendito descalabro mundial)? ¿Recién ahora ese vicepresidente de ese país que jamás firmó un solo tratado internacional sobre medio ambiente se da cuenta que se está calentando el planeta? ¿No había escuchado el disco de Jamiroquai, ese de Emergencia en el Planeta Tierra (ni hablar de los beatniks, el Club de Roma, Fukuoka. Maturana, Nicanor Parra, las murgas uruguayas o Lovelock y su teoría Gaia)? ¿No es la muestra más rotunda de la hipocresía, la incultura y el facilismo que rige este sangrante presente globalizado otorgarle un premio nobel a este dirigente que apenas gastó unos pesitos de sus innumerables ahorros (que deberíamos verificar de donde salieron) en un documental sobre una cuestión que muchos sabios, científicos y activistas han difundido desde hace décadas ninguneados (cagados de hambre) por gente como él (que ahora cobra millones por sus conferencias)? ¿Hace cuanto los brasileños consumen alconafta sin que nadie les de bola? ¿Cuánto le pagan los Estados Unidos a ese barbudo zurdito para que deforeste el Amazonas para llenar sus tanques de combustible de los señores del norte y seguir tirando dioxido de carbono al aire? ¿Cuánto le paga el lobby de la empresa reina de los transgénicos (que nada tiene de monje ni santa) o las petroleras por promocionar ese agrocombustible con el que quieren desertificar latinoamérica a base de asesinar pueblos originarios? ¿Podemos creerle a esos señores adinerados gringos, principales responsables del bendito descalabro mundial, cuando dicen que compran nuestros parques naturales y reservas de aguas para preservarlas? ¿Para qué el señor dueño de la informática mundial, con el señor dueño del petróleo, la empresa reina de los transgénicos (que nada tiene de monje ni santa), y tantos otros dueños del bendito descalabro mundial han creado en una isla del mar del norte un banco de semillas en una bóveda a prueba de explosiones atómicas custodiado por ejércitos privados? ¿Tendrá algo que ver con las palabras del creador de la Teoría Gaia que ya apocalípticamente vaticina el fin del mundo y recomienda la energía atómica como única manera de supervivencia para la raza humana en algún lugar del mar del norte? ¿Cuántas personas van a acceder a ese reducto? ¿Usted, que se cree “dueño” del bendito descalabro mundial, está seguro que no va a quedar a afuera? ¿No habrá otras soluciones, otros futuros menos drásticos, alguna esperanza para este sangrante presente globalizado? ¿No podrán ponerse de acuerdo esos señores dueños del bendito descalabro mundial para parar esté furor de consumo de máquinasarmas que tanto lo benefician? ¿Cuándo van de dejar de pensar que ellos, los causantes del daño, pueden darnos el remedio sin dejar la enfermedad? ¿Será que el remedio está en manos de los que aún, a pesar tantos años de estrategias coercitivas de todo tipo, no han enfermado de consumo, no han dejado de respetar al resto de seres vivos, se mantienen impolutos frente a este aluvión de modas en las que hasta la ecología está en venta? ¿Cuánto le cuesta al gringo vegano sus verduritas de Indonesia, su cereal peruano, su hierba patagónica? ¿Cuánto le cuesta a los indochinos, los bolivianos, los argentinos? ¿Cuanto le cuesta al gringo ese su granja permacultural? ¿De donde sacó el dinero? ¿Podemos acceder todos a ella? ¿Qué diferencia tiene con el rancho de un papacho boliviano o cualquier otro indígena latinoamericano? ¿Por qué no se la enseñan si la hay? ¿No es seguir cultivando alimentos a pesar de todas las conspiraciones del poder para alejarnos de la tierra un trabajo digno de ser reconocido por esos señores suecos? ¿Alguien se dio cuenta del trabajo ecológico de los pobres, los recicladores, los que no consumen tanto de esto o aquello, los que arreglan en vez de tirar, los que pasan sus juguetes de generación en generación, los que no tienen para regalos nuevos y recauchutan lo usado, los que viven toda una vida con una licuadora, un celular, un radiograbador de esos viejitos que son la burla del barrio? ¿Por qué las cosas se rompen cada vez más rápido? ¿Dónde se acumulan? ¿Todavía no se dieron cuenta que la contaminación no es una cuestión de tecnología sino de niveles de consumo? ¿Cuánto pagan los que viven de vender consumo para que eso no se sepa? ¿Dónde está la ong u organismo que lleva adelante estas estadísticas?
Ahora que hay transgénicos y agrocombustibles: ¿Qué pasó con aquello que decía mi mama de que con la comida no se juega?
Ilustración: Joaquín Astelarra
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El paisa del submarino amarillo






Dicen que había un paisa que cargaba las maletas y vendía perros calientes en el submarino amarillo de los Beatles. Ahora vive en una casa amarilla en San Agustín.
A veces lo visita Ringo.
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Dibujo: Ferminkolor
“Una mañana sin mucho pensar, cogió la ruta y se echo a andar,
cruzó fronteras sin confesar, que no sabía a donde ir.
Pide monedas por una canción, en los semáforos da su show,
tira su parche en el malecón y se pone a retacar.
El loco va siguiendo la luna, que le importan las noticias ni el que dirán,
un paso allá del costado del mundo, no se entera de la biblia ni el calefón.”
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El Loco
Chamarrita de Darío “El Loco”
Legajo número 98 (anexo) de la carpeta de Domingo Quispe

El loco de Jambelí

Cierta vez, en la isla de Jambelí (Ecuador), unos marines apresaron a un vejete borracho y zarrapastroso con la intención de deportarlo.
Una lancha llena de lugareños salió detrás de ellos rumbo al puerto de Machala a reclamar su liberación.
Cuando el comandante del destacamento descubrió de quien se trataba le montó la madre a los marines: “Idiotas, ¿como van a arrestar a el Loco?”
Darío, el Loco, es un personaje ilustre en Jambelí desde aquella vez que ayudó a traer el agua corriente a la isla. Le dio el nombre que actualmente tiene al Bar del Gordo (uno de los más prominentes del lugar), trabaja largas temporadas en la hostería La Casa en la Luna y todos los mediodías le toca música a los niños de la escuela. Viaja por todo el mundo (dice que ha recorrido no sé cuantos países en no se cuantos años) pero pasa una temporada encerrado entre aquellas aguas cada vez que quiere desintoxicarse de su feroz alcoholismo.
A pesar de que por allá, casi todos los que lo ven le ofrecen un trago. También comida, cigarrillos y hojas de maracuyá, que lo ayudan a dormir y dejar la tembladera que sufre cada vez que deja de tomar.
Nació en Bogota, hijo de una familia adinerada que le pagó sus estudios de periodismo en la Universidad Javeriana y un master de comunicación en la Universidad de Massachussets. Como se graduó con honores, también le pagaron un viaje por México (sin saber que en realidad iba a ser un viaje por el mundo entero).
Darío conoció a un artesano que le enseñó a hacer juegos de ingenio en alambre. Su pasión por el Camino, el alambre y a aquellos arteartilugios fue tal que esa es casi su única ocupación desde entonces (además de contar chistes y tocar la guitarra).
Automarginado (al margen) de la historia de todo este bendito descalabro mundial, el “Loco” tiene un record guiness por ser el inventor del mayor número de estos aparatejos. También fue campeón mundial de la especialidad, gracias a un sistema que necesita más de quinientos movimientos para ser solucionado (le pagaron los pasajes y la estadía en España).
Con algunos dineros que consiguió por esos logros y una fabulosa historia sobre un traqueto de Panamá que le regaló no se cuantos miles de dólares por fiarle uno de sus juegos cierta mañana de ayuno involuntario, compró una serie de propiedades (entre ellas su finca “La Puta Mierda” en San Agustín) con cuyos réditos mantiene a sus tres hijos (en París, La Habana y Buenos Aires).

Él sigue viajando con lo puesto, con su guitarra, sus pinzas, sus alambres, y cualquier otro mágico arteartilugio para prender el fuego que convoca a los entrometidos de siempre (todos seres luchando por no quedarse solitos, sin vida), usando como latiguillo la onomatopeya “quebueeeeeno”.
Dice que los artesanos, los viajeros, los caminantes, nosotros, los entrometidos de siempre, no sobrevivimos, sino que “supervivimos”.
Es pura amabilidad, pura atención al cliente, pura generosidad siempre dispuesta, en especial a tocar canciones, contar chistes y acertijos y, por supuesto, enredar a todo dios con sus juegos de ingenio.
“Loco, loco”, le gritan los niños cuando camina por el malecón de Jambelí.
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.....................................................................................Foto: Algún Turista de Jambelí

La sagrada planta del pato y el gato

Vivían en la parte de atrás de Petro Pizza, ahí en San Pedro de Atacama. Los dos pequeños, sin madre, sin tierra, urbanizados y sin mayores ambiciones que terminar el día, se criaban juntos, comiendo las sobras del restaurante.
Habían llegado perdidos, más o menos por la misma época. Al Javi y su familia les dio pena y decidieron adoptarlos.
El pato parecía gato (frotaba su cabeza sobre el regazo de los visitantes y graznaba en forma de maullido), el gato parecía pato (comía como a picotazos y maullaba en forma de graznido).
Un día vinieron a cenar unos pacos amigos. Graznaban como locos, liberados del maullido obediente que estaban obligados a adoptar en su trabajo, mostrando con su amabilidad y buen juicio (hacia esos hippies barbudos que solían reprimir) la debilidad en las fronteras que impone el poder (en geografías humanas que no pueden disimular la unión entre los pueblos tierra).
De todas maneras, para no dar papaya (o mote con huesillo), sabiendo que el paco por graznar no deja de ser paco, hubo que esconder la planta de marihuana que el Javi pacientemente regaba (y ocultaba) en el fondo del local.
Con precaución disimulamos la sagrada planta en el rincón más escondido de Petro Pizza, precisamente ahí, donde correteaban cual hermanitos el pato y el gato.

Al otro día, pasada la graznante borrachera, con el nostálgico sabor del mañanero cayendo en la cruda realidad de la escasez canábica, el Javi se acordó de la sagrada planta.
Apenas si quedaba un tronquito miserable.
¿Habría sido el gato? ¿Habría sido el pato? ¿Habrían compartido aquella experiencia adolescente de ingesta marihuanera?
El gato durmió todo el día. El Pato graznaba sin parar, se trepaba a las paredes, abría los ojos rojos con expresión desorientada. No había comida que le alcanzara, pedía más y más.
A nosotros nos bastó su felicidad para olvidarnos de la sagrada planta y todos los avatares de este sangrante presente globalizado.
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Ilustración: Joaquín Astelarra
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