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“-Estaba recordando como empecé. ¿No preguntaste eso?
(Diálogo entre Oreste y el Príncipe Patagón en “Máscaró, un cuento americano”, de HaroldoConti)
Lo conocimos en Copacabana, en el camino que conduce a los altares que construyeron los conquistadores españoles fundiendo el oro de todas las artesanías incas que pudieron rescatar del lago Titicaca.
................................................................Ilustración: Nicolai Urquiza (el Chino)

Fue en Mocoa, una de las ciudades capitales más pequeñas de Colombia. Ahí en la selva, donde abundan las frutas y las armas (y los planes para hacer grandes carreteras que exporten los tesoros amazónicos). En un barrio en las afueras, justo antes de cruzar el río Putumayo.Pagamos un derecho de paso, comimos un arepa con aguapanela, escuchamos las indicaciones y seguimos trepando la montaña con nuestros enseres (carpa, bolsas de dormir, un par de libros, alambre y trabajos de macramé a medio hacer, un baguyo de bareta, bananos, un melón, chapatis de harina integral, un pedazo grande de queso y una mermelada de frutilla y hongos).
Pusimos la carpa sobre un filo de pradera que daba al infinito, con las nubes debajo de nosotros y la cordillera serpenteando pacíficamente a nuestros pies con aires de deidad azteca dormida. A pocos metros una precaria muralla de bolsas de arpillera con arena estancaba un hilo de agua termal donde nadamos desnudos hasta bien entrada la noche.
La mermelada que nos comimos a media tarde con el chapati y el queso no produjo efecto alguno. Quizás por mezclarla con un lácteo, especuló el Pablito. Quizás porque estamos consumiendo zilosibina como si fuera aguapanela, dije yo. Estamos tomando aguapanela de hongos, aclaró el Pablito. Y mermeladas de hongos. Hasta sanguches de lechuga tomate y honguitos. Y el Papelucho los mezcla con jarabe para la tos y alcohol etílico, insistí yo. Es que son tan ricos, y encima es temporada de lluvia, y hay tantas vaquitas. Cebúes y de las que comen centeno. Solo hay que tomarse el bondi hasta la finca de Rafael a media mañana para cosechar cual duendes por la pradera, se excusó el Pablito relamiéndose con cara de el Loco Darío diciendo “quebueeeeeno” o el Tío Germán suspirando “yooooo quiero”.
Rafael era el hijo de una familia acaudalada de Mérida que había quedado colgado en un viaje de hongos y ahora se paseaba descalzo por sus propiedades con pinta de duende mendigo, barbas y cabellos largos, rasgos chupados, extremidades esqueléticas, jeen, camisa deshilachada y la sagrada misión de quitar los parásitos de todos los frutales de su propiedad.
Bueno, también se especulaba con que Nadine había quedado medio colgada de tanto comer hongos. Era un personaje muy particular. Como muchos caminantes se había quedado pegada en Venezuela (en Mérida en particular) gracias a la abundancia de monedas y comidas, transportes baratos, casas campestres de exiguo alquiler, amigos, arteartilugios, sustancias y demás seres y enseres necesarios para ese loco supervivir con el que cargamos los entrometidos de siempre. (Además de flexibles leyes migratorias, cercanía con el paraíso colombiano y gobierno en manos de ese simpático líder bolivariano que se la pasa puteando a los gringos)
Los chismes decían que además de naturista y proclive a cualquier práctica espiritual de esas que abundan en la tribu caminante (yoga, reiki, calendario maya, viajes chamánicos, budismo zen, ritos a la pachamama, libros de Osho, capoeira de Angola, piedras energéticas y mandalas de alambre), era asexual. Flaquita y pelada al ras, introvertida, siempre en sus propios sueños y pensamientos, aunque firme a la hora de actuar o reclamar asuntos como la falta de orden en la casa o el incumplimiento de algún compromiso. Siempre de una manera muy dulce y amable, que podía sostener gracias al miedo que en muchos causaba sus raras actitudes, casi de hechicera. Como esa cuática tendencia de empezar a contorsionar su cuerpo y hacer ruidos guturales en medio de cualquier reunión.
Decía que un espíritu se le había entrometido en un viaje de yague. Cantaba cantos del Santo Daime con una bella voz que acompañaba con campanas y percusiones. Vivía con su madre, artesana vieja guardia, en una casa de campo cerca de Yatay.
Decían que de tanto comer honguitos ya no los necesitaba. Y que hasta a veces podía robarse el viaje de los otros (o guiarlo a quien sabe donde).
Creo que esa noche, el viaje de los hermanitos quedó para mi otro ser, ese que vaga por el mundo en sueños. Ese que se deslizó como una serpiente antigua por el filo de la montaña, aprendiendo de las distancias que se necesitan para llegar a ese hilo de agua, río, que paciente y caudaloso agita el alma sin moverse, recorre el mundo sin apartarse de su naciente, visitando de regreso la casa de papachos campesinos, despertando para prender el fueguito del alma, calentar la arepa, el api, el aguapanela, la pava para el mate, el mote, la tortafrita, la almojabana, el caldo, el sancocho, esa fuerza de la mañana (el mañana) que les permite aprender el lento crecer de los hijos (frutos) de la tierra, los pueblos tierra, esos que tarde o temprano alimentarán la esperanza de un mundo nuevo.
Ahí, precisamente ahí, donde nuestras historias, caminos, realidades, puedan confundirse, mestizarse, cruzarse sin cruz, sin miedo ni fronteras, sin guerras ni ambiciones, comodidades (máquinasarmas) fabricadas a costa del dolor de otros seres. Al margen, marginados, de este presente sangrante globalizado (todos seres solitos y sin vida).
Claro que todo eso puede que sólo haya sido un duendesueño de un viaje de hongos en Mérida.
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¿Para que putas tantas bolsas de plástico? ¿Por qué no pueden entender que yo quizás no las quiero? ¿No saben que luego se acumulan en los alambrados de la patagonia dando un lamentable espectáculo (el mismo que dan esas jirafasdragones de fuego que las producen)? ¿No saben que a esas cosas ni siquiera la pachamama se las come? ¿De donde salen? ¿Con que costos? ¿Ningún gobierno piensa que explicar estas cuestiones es educación? ¿Alguien pensó que esos gringos que dan soluciones ecológicas consumen como una diez bolsas por cada una que consumimos los latinoamericanos? ¿Sabemos los habitantes de este rincón del planeta que apenas aportamos el cuatroporciento de los gases invernadero que están calentando el planeta (y millones de otras estadísticas de esas que inventa el poder que dicen que estamos lejos de ser los responsables del bendito descalabro mundial)? ¿Recién ahora ese vicepresidente de ese país que jamás firmó un solo tratado internacional sobre medio ambiente se da cuenta que se está calentando el planeta? ¿No había escuchado el disco de Jamiroquai, ese de Emergencia en el Planeta Tierra (ni hablar de los beatniks, el Club de Roma, Fukuoka. Maturana, Nicanor Parra, las murgas uruguayas o Lovelock y su teoría Gaia)? ¿No es la muestra más rotunda de la hipocresía, la incultura y el facilismo que rige este sangrante presente globalizado otorgarle un premio nobel a este dirigente que apenas gastó unos pesitos de sus innumerables ahorros (que deberíamos verificar de donde salieron) en un documental sobre una cuestión que muchos sabios, científicos y activistas han difundido desde hace décadas ninguneados (cagados de hambre) por gente como él (que ahora cobra millones por sus conferencias)? ¿Hace cuanto los brasileños consumen alconafta sin que nadie les de bola? ¿Cuánto le pagan los Estados Unidos a ese barbudo zurdito para que deforeste el Amazonas para llenar sus tanques de combustible de los señores del norte y seguir tirando dioxido de carbono al aire? ¿Cuánto le paga el lobby de la empresa reina de los transgénicos (que nada tiene de monje ni santa) o las petroleras por promocionar ese agrocombustible con el que quieren desertificar latinoamérica a base de asesinar pueblos originarios? ¿Podemos creerle a esos señores adinerados gringos, principales responsables del bendito descalabro mundial, cuando dicen que compran nuestros parques naturales y reservas de aguas para preservarlas? ¿Para qué el señor dueño de la informática mundial, con el señor dueño del petróleo, la empresa reina de los transgénicos (que nada tiene de monje ni santa), y tantos otros dueños del bendito descalabro mundial han creado en una isla del mar del norte un banco de semillas en una bóveda a prueba de explosiones atómicas custodiado por ejércitos privados? ¿Tendrá algo que ver con las palabras del creador de la Teoría Gaia que ya apocalípticamente vaticina el fin del mundo y recomienda la energía atómica como única manera de supervivencia para la raza humana en algún lugar del mar del norte? ¿Cuántas personas van a acceder a ese reducto? ¿Usted, que se cree “dueño” del bendito descalabro mundial, está seguro que no va a quedar a afuera? ¿No habrá otras soluciones, otros futuros menos drásticos, alguna esperanza para este sangrante presente globalizado? ¿No podrán ponerse de acuerdo esos señores dueños del bendito descalabro mundial para parar esté furor de consumo de máquinasarmas que tanto lo benefician? ¿Cuándo van de dejar de pensar que ellos, los causantes del daño, pueden darnos el remedio sin dejar la enfermedad? ¿Será que el remedio está en manos de los que aún, a pesar tantos años de estrategias coercitivas de todo tipo, no han enfermado de consumo, no han dejado de respetar al resto de seres vivos, se mantienen impolutos frente a este aluvión de modas en las que hasta la ecología está en venta? ¿Cuánto le cuesta al gringo vegano sus verduritas de Indonesia, su cereal peruano, su hierba patagónica? ¿Cuánto le cuesta a los indochinos, los bolivianos, los argentinos? ¿Cuanto le cuesta al gringo ese su granja permacultural? ¿De donde sacó el dinero? ¿Podemos acceder todos a ella? ¿Qué diferencia tiene con el rancho de un papacho boliviano o cualquier otro indígena latinoamericano? ¿Por qué no se la enseñan si la hay? ¿No es seguir cultivando alimentos a pesar de todas las conspiraciones del poder para alejarnos de la tierra un trabajo digno de ser reconocido por esos señores suecos? ¿Alguien se dio cuenta del trabajo ecológico de los pobres, los recicladores, los que no consumen tanto de esto o aquello, los que arreglan en vez de tirar, los que pasan sus juguetes de generación en generación, los que no tienen para regalos nuevos y recauchutan lo usado, los que viven toda una vida con una licuadora, un celular, un radi
ograbador de esos viejitos que son la burla del barrio? ¿Por qué las cosas se rompen cada vez más rápido? ¿Dónde se acumulan? ¿Todavía no se dieron cuenta que la contaminación no es una cuestión de tecnología sino de niveles de consumo? ¿Cuánto pagan los que viven de vender consumo para que eso no se sepa? ¿Dónde está la ong u organismo que lleva adelante estas estadísticas?
Vivían en la parte de atrás de Petro Pizza, ahí en San Pedro de Atacama. Los dos pequeños, sin madre, sin tierra, urbanizados y sin mayores ambiciones que terminar el día, se criaban juntos, comiendo las sobras del restaurante.